1. Asalto al tren (I).

| sábado, 26 de febrero de 2011 | |

12 de Rowen del 605.
Ferrocarril Comercial a Mercado de Baños.


El Ferrocarril Comercial gana más adeptos conforme pasan los años desde que se modificaron los vagones con el fin de incluir pasajeros. Y es que un viaje tan extenuante como Caspia – Mercado de Baños no era nada para el ferrocarril, que en menos de 12 horas te situaba en tu meta. Espléndido.

No por nada, los viajeros solían ser bastantes. Pero no aquel día. Y es que el vagón 2º del ferrocarril estaba ocupado, en su trayecto desde Llanos de Aguacerada, de tan solo 9 pasajeros. Aunque si bien uno era un guardia de ferrocarril que hacía las veces de vigilante del buen orden, el resto representaban un variopinto cuadro de ideas muy divergentes.


Desde la parte anterior hasta el guardia apostado en la puerta al vagón bar, se podía observar a una familia de 4 miembros adultos de mediana edad: un padre de cabello moreno corto, barba de tres día y aspecto desaliñado, cansado y aburrido; una mujer de supuesta similar edad, de cabello castaño y ondulado, piel blanca y un vestido horrible rosa y de volantes blancos; y dos niños, solo soportables con una paciencia inmortal, niño y niña, mellizos y seguramente igual de horribles. Ambos jugaban con una pelota en el pasillo de tránsito. Posiblemente al chico pelirrojo sentado en la misma fila, pero en el lado izquierdo, le faltaba bien poco para lanzarle a alguno de los chicos el cigarrillo que fumaba, y acertar en algún ojo. Este chico no parecía mayor de la treintena, y presentaba un delgado cuerpo y bastante atlético. Vestía con un sutil sobretodo negro y gris, y su equipaje se limitaba a una mochila de cuero que llevaba a su lado.


Más adelante, en la segunda línea de asientos, se hallaba un corpulento hombre ataviado con prendas que bien podrían compararse con harapos poco disimulados. Medio rotos, entre verdes y grises. Se cubría el rostro, y solo se podía ver una ingente cantidad de cabello oscuro saliendo de debajo de la capucha. De todos modos, roncaba. Y salvo por su olor y sus guturales sonidos, no molestaba mucho.


En tercera línea, más cercano a la puerta del vagón bar, se hallaban dos chicas. A mano izquierda, la mecánika Kat, aprendiz del maestro Doe, y, a mano derecha, la ionense pistolera Claire. La primera, era joven y de cabello oscuro. Era más pequeña de lo que aparentaba ser la media del vagón, y portaba vestimentas propias de una mecánika, aunque esté de viaje y fuera de taller. Se ceñía un corsé típico, y se acompañaba de sus herramientas en todo momento. Al otro lado, la ionense cuidaba de su adorada pistola con sumo cuidado. Como si no tuviese nada mejor. Su cabello peliverde era claramente notorio. Aunque casi todo en su cuerpo era especialmente notorio. Vestía gustosa de su cuerpo atlético de sangre ionense, y orgullosa de poseerse a sí misma. Tal vez por eso el estoico guardia de la entrada al bar mantenía su mirada tan atenta a la muchacha...


La pelota de los niños acabó resbalando más de lo normal, y alcanzó en ángulo perfecto a Claire. Concretamente, a su cabeza. Rebotó un par de veces antes de quedarse a sus pies. El niño la alcanzó. - Señora, ¿me da la pelota? - A lo que una amigable elfa, contestó con una sonrisa... abriendo la ventana... devolviendo la pelota a la naturaleza. Para colmo, el niño no aprendió a hacer menos ruido, sino a llorar con mayor ímpetu. Su madre tuvo que llegar a él y abrazarlo. Pero no pudo sacar una palabra de perdón de la chica. Imponía demasiado.


Faltaba poco para llegar a Mercado de Baños.


Mientras tanto, en la parte trasera, en el último vagón, un amplio vagón de carga-descarga, un polizón había hecho su aparición. Se había colado en la última parada, seguramente Aguacerada, con motivos desconocidos. El desaliñado hombre transmitía cierta serenidad, y sonría calmado. Sinceramente, no parecía que lo suyo fuese obedecer esas estrictas reglas de mercado y colarse era más fácil (y barato). Aún con esos harapos, sus armas, se veían a su espalda con cierto aspecto de peligro, domadas bajo su nombre: Garrik. Era un hombre de buena fé, que, aunque se permitió inspeccionar parte del cargamento, decidió no llevarse nada de lo que había: municiones, armas de un tal Smith, … cosas que no comprendía bien.

Lo que este individuo no esperaba es que de un momento a otro, su calma se evanesciera como desaparece el sol ante la tormenta. Unos golpes comenzaron a agitar el vagón. El sonido metálico de alguna herramienta metálica chocando contra la puerta despertó el interés de aquel polizón. Se levantó y esperó al lado. Justo en ese momento el portón lateral metálico se abrió con fuerza y dejó ver, al lado del tren, a dos jinetes con armas de fuego. Ambos, miraron bajo sus viseras al polizón, y se sorprendieron de que hubiese alguien ahí. Así que comenzaron a disparar de inmediato, respuesta que Garrik no se tomó bien, decidiendo cerrar la puerta a su espalda con sus fuerza.

Echó el cerrojo, aunque este no tardó en volar por los aires cuando los asaltantes dispararon al mismo. La puerta se volvió a abrir, solo que esta vez no se podría cerrar. El polizón miró a su alrededor. Uno de los asaltantes aprovechó la duda y saltó al vagón, con tan mala suerte que se resbaló y acabó rodando por el suelo y las vías. Nada más se sabe del primer intento de enemigo. Pero el segundo no se iba a estar quieto. Saltó al vagón y amenazó al polizón con su arma, batiéndose en un duelo de armas. Pero Garrik tenía las de ganar, logrando empujar con éxito al combatiente afuera del vagón.


Un ruido grave de metal se escuchó en la parte final del vagón. Se agitó levemente el vagón, dando lugar a un estrepitoso ruido.


Nuevos asaltantes llegaron frente al portón lateral. Esta vez eran tres, que decidieron saltar al vagón con éxito. Para cuando el polizón se vio acorralado, la puerta que llevaba al siguiente vagón se abrió fuertemente, dejando pasar a tres guardias del ferrocarril. Sorprendidos por la aparición de los asaltantes y aparentemente mal cuidado polizón, englobaron a los 4 dentro del mismo objetivo. Por suerte, los guardias quedaron trabados en combate con los asaltantes, que ayudados por el joven Garrik, pudieron despacharlos. El polizón se permitió encontrar la puerta abierta para pasar a otro vagón y desaparecer en el vagón bar.

Mientras tanto, con la partida de los guardias de ferrocarril a los últimos vagones, en el vagón secundario de pasajeros, la situación estaba a punto de cambiar. Kat no sabía a donde mirar. Entre los ronquidos y el hedor que despertada el meditabundo pasajero a su espalda, se quedó mirando a través de un cristal. Y coincidiendo con Claire, y el chaval pelirrojo, observaron el inicio de una batalla. Numerosos asaltantes, alcanzando la velocidad del vagón, se posicionaron junto a las ventanas y apuntaron a ellas con sus pistolas.

¡Al suelo! Fue un grito al unísono. Todos se agacharon, salvo el hombre durmiente, que por desgracia, se convirtió en la primera víctima del tiroteo, recibiendo un fuerte impacto en su cabeza, atravesando la bala la capucha y apostándolo contra la pared lateral, inconsciente. Otras balas viajaron por todo el vagón, quedando fijas en distintas localizaciones del lugar.


Al instante, los saqueadores saltaron a través de las ventanas rotas y se colaron con especial agilidad en el vagón, apuntando con sus pistolas a los viajeros. ¡Dadnos todo! Ese era el objetivo. Los asaltantes bien podían ser del mismo grupo que los del vagón almacén, pero aquellos pasajeros no podían saberlo. La constante agitación del tren y ese fuerte sonido metálico que sonaba desde el final del tren distraía cualquier otro pensamiento.


Aquel padre se irguió tan rápidamente pudo para detener ese. Tenía poco que perder, a su punto de vista. (Sí, es lo que tiene aguantar a unos niños así). Desde los asientos traseros, bajo la cobertura de los sillones, Kat y Claire lograron adoptar un plan rápido mientras estaban agachadas en el suelo. Tres gestos fueron suficientes. Eran 3 los asaltantes, aunque un vistazo rápido permitiría ver a un cuarto que no había logrado saltar a la primera al vagón, y se había quedado enganchado en la ventana de la parte de la familia y sus niños sin mucho éxito.

Claire llamó la atención del que estaba más cerca, mientras Kat, con su pericia en la arcánika, invocó un charco de resbaladiza grasa en el suelo. El saqueador no llegó a verlo, y en su partida hacia Claire, resbaló en el suelo con tan mala fortuna que acabó a los pies de Claire con una grave conmoción. Empezaba la marcha. Un disparo a bocajarro de la pistolera arcana sentenció al primer asaltante, dejando su huella en forma de sangre a aquel lado del tren.


Llamó la atención de los otros dos. El segundo, el que estaba en mitad del vagón, comenzó a disparar en ráfaga al sillón que cubría a Claire sin mucho éxito gracias a la cobertura. Kat actuó rápida y utilizó su Arte para desestabilizar mentalmente al bandido más cercano, cayendo de rodillas al suelo del pasillo. El tercero, aparente líder de ese pelotón, inmediatamente disparó hacia Kat, una vez había dejado parte listo del padre de los niños. Sin embargo, el niño de la pelota quiso vengar a su padre, y en un acto de heroísmo, provocó el fallo del asaltante propinándole un fuerte puntapié a la altura del tobillo.


El pelirrojo había preferido no intervenir hasta no tener a todos los asaltantes encima suyo y finiquitarlos, pero vio que la gente allí era más hábil de lo que pensaba. Optó por levantarse y señalar al conmocionado asaltante. ¡Sufre un castigo real! A ojos de las expertas en magia arcana, jurarían que aquel chico pelirrojo poseía algún tipo de control sobre la magia, pero como el efecto de su imploro fue nulo, no podría decirse gran cosa. ¡Maldición! Al menos, ahora, parecía que aquel asaltante atontado poseía un poco más de luz.


El padre aún poseía fuerza para luchar y propinó un fuerte derechazo al saboteador más lejano de las practicantes de magia. Bien, le mantendría entretenido. Pero no sirvió de mucho tiempo, puesto que el estoque de aquel asaltante, rápidamente cercenó el estómago del padre, cayendo este redondo al suelo. La madre gritó de angustia. Mientras tanto, la niña de la familia había conseguido sacar los dedos del cuarto asaltante del filo de la ventana, cayendo este fuera del tren a buscar una mejor vida.


Kat se preparó para atacar con su llave inglesa al atontado asaltante, mientras que desde la cobertura del sillón, Claire aprovechó para cargar al máximo su arma y disparar al asaltante más lejano, pero tan solo le dio de refilón. El segundo asaltante, cayó redondo al suelo. Mientras tanto, el chico pelirrojo había visto suficiente, y su ira provocó un estallido del último asaltante, que acabó bañando de su propia carne la pared derecha. Un gesto un tanto sangriento.


Pero no había mucho tiempo para meditaciones. Cuando la lucha finalizó, los problemas no hacían más que incrementarse. El marido de aquella mujer yacía inconsciente en el suelo, y ella llorando a su lado. Los niños no sabían qué hacer muy bien. Se miraban entre ellos, pero solo el chico se varón se alzó decidido a pasar al siguiente vagón.


Para ese momento, desde la cola, la guardia acababa de llegar. Al parecer, habían pasado del druida en el vagón bar. - Señores, no queremos que la alarma cunda, así que relajense, … porque hay una bomba en el tren. - Ciertamente, el tacto del guardia no era lo más propio de su persona. La alarma cundió sin demasiada calma. Pero Kat frunció el ceño. - Que me enseñen la bomba. Soy ingeniera, tal vez pueda desactivarla. - Y es que la mecánika tenía ciertos conocimientos sobre balística y bombas. No sabemos si es a causa de Doe, o no.


Mientras los guardias conducían a la mecánika al vagón de cola, el chico joven se adelantó al resto y pasó al siguiente vagón de pasajeros. El chico pelirrojo no le quitó ojo de encima, así que fue tras él.

2 comentarios:

Cosonezro Says:
2 de marzo de 2011, 4:37

OHHHH, se te ha olvidado el hechizo de enraizar que lancé a los asaltantes, tirando 2 de los 3 caballos en carrera xDDD

Misery Says:
10 de marzo de 2011, 14:20

Dámaso... eres reventón xD
Di que mola y cállate.
Que por cierto, mola. Pobre John Doe, en paz descanse...

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